Infografías
Ana Belén Fuentes Ramírez
El concurso para la rehabilitación integral del Centro Cívico de Roldán (Murcia) no fue un concurso “al uso”. Y es que, además del proyecto arquitectónico, pedía algo igual de importante: una solución programática real para volver a activar un edificio municipal inutilizado. Lo trabajamos junto a Viajelogía, apoyándonos en un proceso de participación ciudadana con asociaciones, vecinas y vecinos, juventud y población inmigrante, para detectar necesidades de verdad y convertirlas en espacio y en vida cotidiana. La propuesta, “Roldán se une”, plantea un equipamiento público comunitario integrado en el barrio: más permeable, más flexible y mucho más capaz de generar cohesión social. Un centro cívico que no se limita a “albergar actividades”, sino que invita a quedarse, a mezclarse y a sentirse parte.
Hay pueblos que no necesitan un edificio espectacular: necesitan un lugar que funcione como punto de encuentro, como “sí, aquí podemos vernos”. En Roldán, el centro cívico tenía esa oportunidad… pero estaba desconectado de la vida real del barrio. Por eso el proyecto arranca escuchando y observando: conversaciones, dinámicas, ideas muy simples (y muy valientes) sobre lo que hace falta para convivir mejor. A partir de ahí, la arquitectura se vuelve casi una herramienta social: un edificio sin barreras físicas ni simbólicas, con espacios que se adaptan como un escenario —hoy cine, mañana taller, pasado una fiesta— y con un exterior que deja de ser “lo que sobra” para convertirse en una extensión natural del centro.
El proceso participativo no solo aportó ideas; también puso sobre la mesa preocupaciones muy directas. Nada abstracto: robos y violencia (lo señaló el 95%), la ocupación de los jóvenes (80%) y la inclusión con la población inmigrante (60%). Y junto a eso, propuestas de uso que dibujan perfectamente el tipo de centro que se necesita: habilitar cine, mejorar auditorio y vestuarios, crear espacios multiusos con paneles móviles, zonas para manualidades y actividades intelectuales, y sobre todo espacios para el encuentro. De hecho, los jóvenes lo dijeron clarísimo: querían un sitio para estar, charlar, jugar (futbolín, billar, ping pong), organizar cosas y sentirse seguros. La propuesta traduce todo eso en una planta que une, ordena y deja margen para que el edificio cambie con la gente.


En la galería verás el proyecto desde dentro: la estrategia urbana para abrir el equipamiento al barrio, la nueva organización espacial que refuerza la convivencia, y las decisiones constructivas que buscan confort, sostenibilidad y una imagen pública más representativa. También aparecen materiales del proceso participativo, porque este concurso no se entiende sin esa capa humana: las conversaciones, las dinámicas y ese momento en el que las ideas dejan de ser “opiniones” y pasan a convertirse en arquitectura.
A nivel urbano, el centro cívico está en un punto delicado: entre el tejido consolidado y las zonas más recientes. En vez de comportarse como un objeto aislado, la propuesta busca que el edificio actúe como “bisagra”: potenciamos la conexión Norte–Sur ampliando huecos existentes y abrimos nuevas puertas en el eje Este–Oeste, para que el recorrido sea natural, casi como cruzar una pequeña plaza. Además, se plantea el derribo del muro perimetral, porque se entendía como una frontera innecesaria. El desnivel con las calles se resuelve con taludes vegetales, rampas accesibles y bancos perimetrales: elementos sencillos, pero con una consecuencia enorme: hacen que el lugar sea de todos.
La planta se organiza para reforzar un gran espacio central relacional que une las salas y favorece la convivencia entre edades, culturas y rutinas distintas. Y aquí lo importante no es la palabra “flexible”, sino cómo se construye de verdad: tabiques móviles, puertas correderas, salas colonizables, y mucho almacenamiento para guardar mesas, sillas, espejos móviles o butacas y dejar el espacio libre cuando haga falta. Incluso la gran sala / salón de actos se plantea como un sistema modular: puede dividirse en cuatro espacios y funcionar de forma independiente del resto del centro en determinados momentos, algo muy útil para que el edificio tenga actividad sin depender siempre de que “todo esté abierto”. Es como un pequeño ecosistema: cada pieza puede funcionar sola, pero juntas generan vida.
El edificio original tenía una envolvente insuficiente y una imagen poco representativa para un equipamiento público. La propuesta mantiene lo existente, pero lo transforma con una idea potente: una fachada ventilada con 35 cm de fardos de paja prensada, protegida con paneles de policarbonato, que mejora el aislamiento y unifica el volumen. Y lo bonito es que no es un gesto gratuito: la paja conecta con un elemento identitario del pueblo, la Fiesta de la Trilla, y se llega a plantear incluso un taller con habitantes de Roldán para levantar esos muros como acción comunitaria. En paralelo, se incorporan medidas pasivas y activas pensadas para reducir demanda y consumo: vidrios de baja emisividad, lucernarios para potenciar ventilación por efecto chimenea, y sistemas como geotermia y pozos canadienses, con una lógica clara: invertir mejor al principio para que el edificio sea más rentable y amable en el tiempo.
A continuación se detallan las características técnicas y de autoría de la vivienda.

Concurso Sede Emuasa: Arquitectura Corporativa Sostenible