Fotografía
Noemi Gómez, Ana Belén Fuentes, Angel Fuentes.
La ampliación del aulario de infantil del Colegio Ana María Matute, en Murcia, nace de una idea bastante sencilla: crear espacios donde aprender sea algo natural. Donde la arquitectura no compita con la actividad educativa, sino que la acompañe.
Este proyecto de arquitectura educativa infantil responde a una necesidad muy concreta del centro: ampliar sus instalaciones para acoger nuevas aulas de educación infantil manteniendo la coherencia con los edificios existentes. Pero además había otro reto —quizá más importante—: diseñar un entorno pensado realmente para niños pequeños.
Porque cuando se proyecta un aulario infantil, no se trata solo de distribuir aulas. Se trata de diseñar lugares donde los niños pasan muchas horas cada día, donde empiezan a descubrir el mundo, a relacionarse y a aprender.
El edificio se organiza mediante una secuencia clara de aulas luminosas conectadas por espacios de transición protegidos. Grandes ventanales a escala infantil permiten que la luz natural entre en las aulas y que los niños mantengan una relación constante con el exterior. Además, la distribución facilita circulaciones seguras y permite a los docentes supervisar fácilmente los espacios.
Cuando terminamos el primer proyecto en el colegio Ana María Matute, algo quedó claro: los espacios funcionaban. Los profesores estaban cómodos, los alumnos se apropiaban de ellos con naturalidad y el centro había ganado calidad educativa.
Por eso, cuando llegó el encargo del nuevo aulario infantil, la responsabilidad era mayor. No se trataba solo de construir más aulas. Había que diseñar un lugar donde muchos niños vivirían sus primeros años de colegio.
Visitamos el centro varias veces. Observamos cómo se movían los alumnos, cómo los profesores utilizaban los espacios, cómo la luz entraba en las aulas a lo largo del día. Y poco a poco empezó a aparecer la idea principal del proyecto: crear un edificio sencillo, luminoso y cercano a la escala infantil.
El resultado es un conjunto de aulas organizadas en piezas desplazadas que generan pequeños patios y zonas protegidas. Lugares donde el aprendizaje puede continuar fuera del aula, casi sin darse cuenta.
Porque la verdad es que, en educación infantil, aprender y jugar son prácticamente lo mismo.
Antes de la ampliación, el colegio necesitaba nuevos espacios para educación infantil que mantuvieran la calidad y coherencia del conjunto existente.
La intervención introduce un nuevo pabellón educativo integrado en el campus escolar, conectado mediante recorridos exteriores y espacios de transición que prolongan el uso del patio.
La arquitectura evita gestos innecesarios. Volúmenes claros, alturas contenidas y una materialidad sencilla permiten que el edificio se integre con naturalidad en el entorno escolar. A cambio, lo que gana protagonismo es la experiencia del usuario: luz natural, ventilación cruzada y espacios protegidos del sol que hacen el edificio más confortable.
El resultado es una ampliación que no busca llamar la atención, sino mejorar el funcionamiento del centro.


Las imágenes del proyecto muestran cómo el edificio se relaciona con el patio escolar y cómo la arquitectura se adapta a la escala infantil.
Las aulas se abren mediante grandes ventanales protegidos por lamas y porches que filtran la luz. Esto no solo mejora el confort térmico —algo fundamental en el clima de Murcia— sino que crea un espacio intermedio entre interior y exterior donde ocurren muchas de las actividades del día a día.
Los recorridos exteriores, los porches y los pequeños espacios protegidos permiten que los niños se muevan con libertad y seguridad por el conjunto.
En arquitectura educativa, estos espacios de transición suelen ser los más utilizados. Y, curiosamente, también los más recordados.
Uno de los objetivos principales del proyecto fue garantizar una iluminación natural óptima en todas las aulas infantiles.
Los huecos se dimensionan generosamente y se sitúan a una altura que permite a los niños ver el exterior mientras están sentados o jugando. Esto puede parecer un detalle menor, pero cambia completamente la percepción del espacio.
La luz natural mejora el confort visual, reduce el consumo energético y, además, crea un ambiente más agradable para el aprendizaje.
Y es que en los espacios de aprendizaje la conexión con el exterior es fundamental: ver el patio, el cielo o el movimiento del colegio ayuda a los niños a orientarse y sentirse parte del entorno.
Las aulas se conciben como espacios versátiles que permiten diferentes metodologías pedagógicas.
La distribución interior facilita configuraciones variadas: trabajo en grupo, actividades individuales, rincones de aprendizaje o juegos colectivos. En educación infantil, el aula rara vez funciona como una clase tradicional con filas de mesas. Es un espacio dinámico, cambiante.
Por eso el diseño arquitectónico evita compartimentaciones innecesarias y favorece una organización flexible del mobiliario.
Además, la proximidad entre aulas y patios permite extender muchas actividades educativas al exterior, algo que los docentes valoran especialmente.
En edificios educativos, la durabilidad es tan importante como el diseño.
El proyecto utiliza soluciones constructivas robustas y materiales de mantenimiento sencillo, capaces de soportar el uso intensivo propio de un edificio escolar público. Pavimentos continuos en exteriores, fachadas de acabado resistente y elementos de protección en huecos garantizan seguridad y longevidad.
La circulación entre aulas se organiza mediante recorridos claros y visibles que facilitan la supervisión por parte del profesorado.
Al final, la arquitectura escolar funciona bien cuando casi no se nota: cuando los espacios ayudan a que todo ocurra con naturalidad. Cuando profesores y alumnos pueden centrarse en lo importante: aprender.
A continuación se detallan las características técnicas y de autoría del pabellón para aula abierta.
¿Qué características debe tener un aulario infantil?
Un buen aulario infantil no se diseña solo pensando en metros cuadrados o en cuántas aulas caben en una parcela. En realidad, lo importante es cómo se sienten los niños dentro de esos espacios.
Las aulas necesitan luz natural, ventilación y una relación directa con el exterior. Y es que los niños pequeños pasan muchas horas allí: aprenden, juegan, se concentran… y también se cansan. Cuando un aula tiene una buena entrada de luz o una ventana desde la que se ve el patio, todo cambia. El ambiente se vuelve más amable.
Además, la distribución del edificio debe permitir algo muy simple pero esencial: que los profesores puedan supervisar a los alumnos con facilidad y que los niños se muevan con seguridad entre aulas, patios y zonas comunes.
¿Cómo se diseñan espacios educativos para niños pequeños?
Diseñar espacios para educación infantil obliga a cambiar la mirada. No es lo mismo proyectar un edificio para adultos que para niños de tres, cuatro o cinco años.
En estas edades el aprendizaje ocurre casi siempre a través del juego, del movimiento y de la curiosidad. Por eso las aulas deben ser flexibles, permitir distintas configuraciones y adaptarse a actividades muy variadas: desde trabajar en grupo hasta montar pequeños rincones de experimentación o lectura.
Además, los espacios intermedios —porches, patios, zonas exteriores protegidas— terminan siendo tan importantes como el aula en sí. La verdad es que muchas de las mejores actividades educativas ocurren precisamente ahí, en esos lugares donde interior y exterior se mezclan de forma natural.
¿Cómo se garantiza la seguridad en edificios escolares?
La seguridad en un colegio empieza mucho antes de que el edificio esté construido. Empieza en el proyecto.
Se trata de diseñar espacios claros, fáciles de entender. Pasillos visibles, recorridos sencillos, patios donde los profesores puedan controlar lo que ocurre sin dificultad. Cuando el edificio está bien pensado, la supervisión se vuelve casi natural.
Además, se utilizan materiales resistentes y soluciones constructivas preparadas para un uso intenso. Porque en un colegio todo se utiliza mucho: puertas, pavimentos, ventanas… todo.
Y luego están los pequeños detalles que a veces pasan desapercibidos: protecciones en huecos, esquinas seguras, accesos bien organizados. Son decisiones discretas, pero marcan una gran diferencia en el día a día.
¿Qué importancia tiene la luz natural en las aulas infantiles?
Muchísima más de la que a veces pensamos.
La luz natural no solo mejora el confort visual; también influye en el estado de ánimo y en la capacidad de concentración. En aulas infantiles esto es especialmente importante, porque los niños son muy sensibles a los cambios de ambiente.
Un aula bien iluminada se percibe más amplia, más tranquila. Además, cuando las ventanas están situadas a una altura adecuada, los niños pueden ver el exterior: el patio, el cielo, el movimiento del colegio. Parece un detalle pequeño, pero ayuda a que se orienten mejor y se sientan más cómodos en el espacio.
Y, por supuesto, también hay una ventaja práctica: una buena iluminación natural reduce bastante el consumo energético del edificio
¿Qué normativa se aplica en la construcción de centros educativos?
Los edificios escolares en España deben cumplir varias normativas al mismo tiempo. Por un lado está el Código Técnico de la Edificación (CTE), que regula aspectos como seguridad estructural, evacuación, accesibilidad, ventilación o eficiencia energética.
Pero además existen normativas específicas de centros educativos, que establecen criterios sobre superficies mínimas de aulas, condiciones de iluminación, patios escolares o accesibilidad.
La verdad es que diseñar un colegio implica equilibrar muchos requisitos técnicos con algo que no siempre aparece en las normativas: crear espacios agradables, cómodos y estimulantes para aprender.
Y ahí es donde entra realmente la arquitectura.

Matute 3: Ampliación Aulario Primaria